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                    <text>Creer en nosotros mismos
Article de Pasqual Maragall a El Pais (2-3-2002)
Creer en nosotros mismos
PASQUAL MARAGALL
-------------------------------------------------------------------------------Pasqual Maragall es presidente del Partit dels Socialistes de Catalunya.
--------------------------------------------------------------------------------

España, desde 1898, no ha creído de forma estable y tranquila en sí misma. Para empezar, Unamuno creía
menos en ella que Joan Maragall, como demuestran las cartas que se cruzaron en 1904. (Sería espléndido que
estas cartas se volvieran a publicar ahora. Catalunya era en ese momento más optimista que el resto de
España, como se podrá comprobar si se reeditan.)
Podemos comparar el caso de España, en cuanto a sentimiento nacional, en cuanto a patriotismo compartido y
duradero, con otros países. Otros países nos han ido sirviendo de modelo sucesivamente. Les propongo una
rápida excursión por los modelos. Y una reflexión sobre lo que ocurrió entre ellos en el último siglo. Para
concluir con un retorno a nuestra actualidad, que es el punto de partida y el de la conclusión de este artículo.
La tesis que defiendo es que España, la España de hoy, empieza a creer en ella misma. Que no necesita
redentores. Que no quiere que los separadores y los separatistas se la disputen. Los separadores oficiales
sueñan con una España enfrentada y dividida, necesitada de un mando férreo y uniforme, y añoran un
sentimiento de patria como el de Estados Unidos o el de Francia. Los separatistas añoran lo mismo para partes
concretas de España.
En estos países que he citado la revolución se hizo a su debido tiempo, y han tenido un sentimiento de
superioridad y de modernidad que España empezó a perder en el siglo XVII y perdió del todo en 1898, a manos
precisamente de los norteamericanos. Francia y Estados Unidos: países en los que la gente se sabe de memoria
el himno nacional.
En España, algunos no duermen pensando en cómo hacerlo para que aquí pase lo mismo. Otros, a veces,
preferimos pensar que si las cosas hubieran ido de modo diferente la cuestión ni se plantearía, porque, en
efecto, sabríamos todos de memoria el Himno de Riego. Inútil lo uno y lo otro. Inútil pensar en lo que hubiera
sucedido en la Europa de los años treinta si se hubieran atendido las advertencias de Keynes y no hubiera
habido un Tratado de Versalles tan cruel con Alemania. Inútil pensar en lo que hubiera podido suceder y no
sucedió. Los españoles nos pondríamos a imaginar hipótesis desmentidas por la historia, como, por ejemplo, lo
que el escenario inexistente de una Europa reconciliada hubiera significado para España. ¿Hubiera habido lugar
para la guerra civil?
Mejor no pensar en el pasado que no tuvimos. Mejor pensar en el futuro que podemos tener. Si nos
empeñamos. Si arriesgamos, con cautela y con ambición a un tiempo. Al final volveré a ello.
A pesar de todo, detengámonos un momento todavía en el pasado. Concretamente en el periodo comprendido
entre las dos guerras mundiales ¿Qué ocurrió en realidad? Ocurrió que el dominio de la venganza sobre la
justicia, el predominio de la vengativa política franco-británica en caliente sobre la fría clarividencia de los
economistas reformadores, siendo seguramente inevitable, condujo al mundo a una nueva catástrofe en menos
de 20 años.
Fue Europa, la malherida Europa de los años veinte, la que se complicó la vida. No fueron los Estados Unidos. El
presidente norteamericano Wilson fue menos duro que los europeos. Hoy se han cambiado las tornas. Alguien
se lo tendrá que recordar a los norteamericanos. Tampoco olvidemos que fue el general Marshall quien impuso,
en 1945, la solución contraria a la de 1921: en vez de castigar económicamente al vencido, esta vez había que
ayudarle. En vez de dejarle hacer políticamente, había que desarmarle en el terreno político.
Pero vayamos a lo nuestro. Miguel Siguán, en un magistral artículo reciente ('Nacionalismo y/o centralismo', La
Vanguardia, enero de 2002), sostiene que si los liberales españoles del XIX hubieran adoptado el modelo plural
de la Alemania de Bismarck (restaurado por los aliados en 1945), en vez de adoptar el modelo jacobino y
centralista, nos habríamos ahorrado muchos sinsabores y no tendríamos que estar reinventando el patriotismo
en cada esquina de la historia. Porque también España, como Alemania, es un Estado compuesto. Por eso la
Ilustración francesa no puede ser nuestra única inspiración. Y por otra razón: cuando yo entré en la Universidad
en 1957, a los 16 años, ya los tanques rusos habían entrado en Budapest. Seguramente fue esto lo que nos
impidió a unos cuantos hacernos comunistas. El sueño de la razón, en efecto, había producido monstruos. De la
razón o de la ilustración.
Ahora en España se está copiando, desde la derecha, de la mano de intelectuales de izquierda, el patriotismo
constitucional de Jürgen Habermas, que desde la izquierda alemana ha teorizado un patriotismo antiétnico y
anti-identitario para describir lo que está pasando hoy en la República Federal. Alemania está dejando de lado
el derecho de sangre en beneficio del derecho de suelo para definir la ciudadanía. La expresión: 'Es alemán
quien vive y trabaja en Alemania' es una definición de la ciudadanía federal cada vez más ajustada a la

�realidad.
De este modo se adopta la Constitución, modificada, por cierto, varias veces, como canon de la nación, y el
constitucionalismo, como criterio del nacionalismo permisible. Ya no la lengua ni los ancestros ni las montañas.
Aquí, en España, en cambio, la derecha intenta hacer pasar por patriotismo racional la negación no ya de los
nacionalismos periféricos, sino incluso del federalismo de corte germánico de la izquierda española. El
patriotismo constitucional, aquí, trata de congelar la Constitución, a riesgo de acabar con ella.
La Constitución puede dejar de ser funcional si no recoge hoy, como ha reclamado Cruz Villalón, hasta ahora
presidente del Tribunal Constitucional, lo que ha ocurrido en los fascinantes 25 años posteriores a su
proclamación. Especialmente en lo que se refiere a las 17 autonomías creadas a partir de 1978, en lo que se
refiere al Senado que debiera representarlas y en lo que se refiere al hecho trascendental de la entrada en la
Unión Europea.
La España real, la España auténtica, es un pueblo soberano que está formado por pueblos diversos (artículo 2
de la Constitución). Sus ciudadanos ven cada vez menos claro que haya que identificar exclusivamente la
soberanía con un Estado que ha rendido ya su moneda, y rendirá progresivamente su ejército, si todo va bien,
a niveles superiores de integración.
Esa España plural y europea se rebelará pacíficamente en las urnas, para dejar a un lado a los que quieren
dividirla y asustarla primero, y encorsetarla luego. A los que abominan del barullo y la asimetría y no hacen
más que crear recelos. A los que se niegan a admitir el acceso de las comunidades autónomas a los Consejos
de Ministros donde se discuten asuntos de su competencia exclusiva y arguyen para ello que en España las
comunidades son asimétricas, a diferencia de lo que ocurre en los países federales: véase en esta línea el
informe de los juristas del Ministerio de Administraciones Públicas.
Para barullo, el matrimonio Aznar-Pujol. Nunca se vio matrimonio más interesado que éste, más falto de afecto
y, en realidad, de sentido. Más asimétrico.
Pronto o tarde, pero con certeza, catalanes y castellanos, por igual, van a decir también 'ya basta'. Sin
embargo, será preciso que cambien algunas actitudes para que la historia haga su camino. Permítaseme decir
en este sentido que la frialdad de los nacionalistas vascos ante la psicología de persecución en que viven miles
de ciudadanos, empezando por los concejales del Partido Populary del Partido Socialista -frialdad que parece
irse convirtiendo ¡por fin! en incipiente cordialidad-, es tan obscena como la frivolidad de los nacionalistas
españoles al usar el terror como pedestal para acreditar su patriotismo reactivo y ganar votos lejos del
escenario del drama; frivolidad que, estoy convencido, irá también diluyéndose a medida que el terror vaya
cediendo ante la nueva beligerancia europea en esa materia.
(Y a medida que personas como Eduardo Madina vayan dejando claro, como parece que él ha hecho, que
pueden hacerle lo que quieran, que no dejará que el crimen que con él se comete se convierta en un permiso
por él dado para que los terroristas consigan el fin que persiguen, a saber, detener la historia e impedir toda
evolución.)
Sin duda, el Gobierno español ha actuado en Europa como debía actuar y ha conseguido (no él sólo) resultados
remarcables. Los socialistas nos alegramos de esos éxitos porque el terrorismo nos ha golpeado como ha
golpeado a militares primero, policías después, y finalmente, a concejales y ciudadanos de todas las opiniones;
y nos alegramos porque estamos convencidos de que el terror es un factor poderosísimo en la hibernación de la
lógica evolución constitucional y política de este país. Y detener esa evolución es a la vez el mejor premio que
podemos otorgarle al terror. Determinar la agenda política española es su gran triunfo, que a veces le
concedemos en demasía.
No olvidemos que en Irlanda del Norte todo el proceso actual comenzó por una arriesgada manifestación de
Downing Street, en tiempos de John Major, en 1993: 'If they so wish' ('Si ellos quieren'), dijo el primer
ministro, refiriéndose a los ciudadanos norirlandeses, tendrán la salida pacífica que determinen. Ése fue el
momento, siempre delicado de escoger, desde luego, en que la agenda comenzó a marcarla la democracia
británica y no el Ejército Republicano Irlandés (IRA).
A mi modo de ver, el Pacto Antiterrorista y por las Libertades, aun con su tono excesivamente enfático y
carente de sinceridad en la invitación final a otras fuerzas, es una cautelosa, pero evidente aproximación a ese
momento delicado. Porque especifica que la paz y las reglas democráticas son la condición incluso para
modificar el marco institucional, con lo cual abre tal posibilidad, cosa que el Partido Popular no debería negar
ahora, a riesgo de privar de validez al propio Pacto.
En ese contexto ha sido y es admirable la contención de José Luis Rodríguez Zapatero, que está en el origen del
Acuerdo, si bien ausente del estilo del mismo. Y sería deseable que José Luis Rodríguez Zapatero no alterase su
ritmo tranquilo y su estilo claro y dialogante, para que la certeza del cambio que vaticino más arriba se torne
urgencia. Si se rinde a un fácil aplauso cortesano dando 'caña al mono', como se dice vulgarmente, la urgencia
se tornará incertidumbre. El mono, con perdón, ni necesita caña ni a veces se la merece, porque se pinta solo
en el espejo que le pone delante Zapatero.
Y eso lo digo porque lo que no debemos perder es lo más importante en este momento: una voz clara hablando
de los temas que nos preocupan. Del terrorismo, sí, pero también de otras cosas. Precisamente para no darle al
terror el monopolio del escenario. Creer en nosotros mismos consiste en hablar de nuestras cosas dándoles la
importancia que tienen.

�Zapatero habla de los trabajadores autónomos, de los profesionales, de sus dificultades para establecerse, de
las mujeres y los hombres que quieren hijos y trabajo y no pueden con ambas cosas, de la educación y el
diálogo con los jóvenes como prioridad, de los barrios de la inmigración y de su seguridad y de la dignidad de
sus escuelas, de los ciudadanos que no llegan a desgravar, de un pacto local que no sea otra ocasión perdida,
de la necesidad de hacer de los impuestos locales sobre la economía un impuesto a cuenta del que recae sobre
la renta de las personas, y evidentemente, de la Europa próxima y comprensible, de los ciudadanos españoles
de Argentina y de la necesidad de entenderse con Marruecos. Del Senado y de la presencia de las comunidades
autónomas en la Unión. Del nuevo federalismo europeo como unión y devolución a un tiempo.
Los socialistas catalanes y la mayoría de nuestro pueblo estamos con él. Convencidos además de que si
conseguimos la victoria en Catalunya estará dado el primer paso para que España tenga un Gobierno que
pueda afrontar todas estas cuestiones. Con cautela y ambición. Sin excusas. Sin perderse de nuevo en una
discusión inacabable, como dice Siguán, sobre el ser de España.
4/3/2002

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                  <text>Recull la documentació generada en relació a Pasqual Maragall en la seva activitat als partits i associacions d'àmbit polític: Front Obrer de Catalunya (FOC), Convergència Socialista de Catalunya (CSC), Partit dels Socialistes de Catalunya (PSC), Partido Socialista Obrero Español (PSOE), Ciutadans pel Canvi (CpC). </text>
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                    <text>¿"Impasse"?
Article de Pasqual Maragall a El Pais (29-6-2001)
Tres nacionalismos marcan el paso en la gobernación de España: el español en Madrid, el vasco en Vitoria y el
catalán en Barcelona. El socialismo domina en seis autonomías, aliado con nacionalismos o regionalismos en
Andalucía, Baleares y Aragón, y en algunas grandes ciudades: Barcelona, A Coruña, Santiago, Sevilla, San
Sebastián... El resto de autonomías y grandes municipios son gobernados por el Partido Popular o por los
nacionalistas periféricos: Madrid, Málaga, Zaragoza, Bilbao, Valencia, Las Palmas...
Todo el país ha estado y está pendiente de Euskadi. La situación allí es más esperanzadora. Veremos.
Se acercan las elecciones gallegas para el 7 o el 21 de octubre de este año y luego ya nada hasta las locales,
autonómicas y europeas de mayo de 2003. Seguidamente, en octubre del mismo año llegarán las elecciones
catalanas y, finalmente, las elecciones generales en marzo de 2004. No se prevén grandes adelantos en esas
convocatorias, excepto el posible adelanto de las catalanas si Aznar se cansa de Pujol o simplemente si prefiere
distanciar las elecciones catalanas de las españolas. Pero también es posible que la extraña alianza del
nacionalismo español y el catalán se consolide hasta el final para evitar riesgos mayores. Un resultado adverso
para ambos en Cataluña podría dar la señal de partida de un cambio general de escenario. Quizás el cambio de
viento se produzca ya en Galicia en otoño. Veremos.
Entretanto, a partir del 1 de enero España presidirá la Unión Europea. Barcelona, hacia el mes de marzo, será
el escenario de una cumbre significativa en la que se repasará el legado económico-social de la cumbre de
Lisboa. Piqué, al que no deseo más problemas que los derivados del cargo, podrá compararse entonces con el
Solana de la Conferencia Euromediterránea, cuyo éxito le proyectó primero a la OTAN y luego al quasiMinisterio de Exteriores y Defensa de la Unión Europea.
En este contexto, España deberá comprobar la resistencia del mensaje popular y la solidez del nuevo lenguaje
socialista.
El mensaje popular ha basado su éxito en España en la contundencia (a pesar de la ineficacia) de la respuesta
política al terrorismo, y en las emociones levantadas por la casi repentina comprobación de que somos un país
llamado a ser destino de importantes contingentes de inmigrantes extracomunitarios. La fijación vasca de los
españoles y el drama de El Ejido, con efectos muy fuertes a principios del año 2000, fueron decisivos en las
elecciones de marzo de aquel año.
El mensaje socialista ha conseguido una resurrección espectacular, de la mano de José Luis Rodríguez
Zapatero, de menos de un año para acá. El buque no se había hundido, sólo se había sumergido. Las cosas
están más equilibradas. La España del barullo está pasando a ser la del PP; la de Zapatero es clara como un
vaso de agua. Y hablando de agua, la posición socialista es la que más corresponde a lo que Joaquín Costa diría
hoy. Costa y Cañete no acaban de ligar. Hoy Europa hace las cosas de otro modo y entiende mejor a Zapatero
que a Aznar. La España de la confianza se entiende mejor con la Alemania de la lealtad federal que la secular
España desconfiada y temerosa de sus propios demonios que Aznar representa a la perfección.
¿Cómo siguen todas aquellas emociones ahora?
La inmigración extracomunitaria ha enviado una señal a nuestros inmigrantes interiores de los años sesenta en
el sentido de que sus conquistas son precarias, más precarias de lo que creían. Los barrios de la antigua
inmigración son el escenario hoy de la llegada de los extracomunitarios. Y de improviso todo un pasado de
sufrimientos se ha hecho presente. La derecha ha comprendido, tanto desde el nacionalismo español como
desde el catalán, que ahí tiene una baza, y ha extremado en algunos momentos (Ley de Extranjería,
declaraciones xenófobas en Cataluña) sus posiciones de rechazo a la novedad.
Lo que es más grave: la buena voluntad y los indudables efectos positivos de la reforma educativa han sido
desbordados por la realidad. La autoridad del maestro y del profesor es frágil ante una juventud que es más
adulta más pronto y a la que se alarga la presunta juventud en una enseñanza secundaria que muchos chicos y
chicas no desean. A ello se añade la inadecuación -real o imaginaria- de las enseñanzas profesionales y las
dificultades materiales propias de toda reforma.
Ahí la nueva inmigración ha añadido factores de complejidad. Y la dualidad escuela pública/escuela privada
consolida el callejón sin salida. La escuela tiende a dividirse en dos: la de los problemas y la de las soluciones,
la que tiene problemas en las aulas y la que no, la que tiene inmigrantes y la que no, la que tiene circuitos
desde la guardería a la Universidad y la que no.
Inseguridad es la palabra para describir esa situación. Lo que parecía ganado ya no es tan seguro. La
tranquilidad y mejora de los barrios, y la educación de los hijos, que parecían garantizadas hace 10 o 15 años,
y que eran la razón vital de varias generaciones de españoles, ya no son tan evidentes. Barrios dignos y
escuelas dignas son hoy la preocupación de muchos ciudadanos.
Sin embargo, la clase media ha crecido de forma espectacular. (Y convive, con algo menos de ansiedad, con
esa nueva incertidumbre). Los socialistas no nos dimos cuenta de ese crecimiento hasta que ya era demasiado
tarde. El socialismo 'murió de éxito' en el sentido de que no entendió que el éxito de las políticas adoptadas, y
evidentemente el éxito de la economía europea, habían ayudado a crear un nuevo público, deseoso de más
libertad, y de menos impuestos, o en todo caso de un Gobierno más ligero y más próximo, más amigo y más
cómplice del ciudadano.

�Las ciudades pasaron masivamente a votar a la derecha. ¡Las ciudades! que habían sido el bastión de la
izquierda. (Sólo en Cataluña y Galicia, y en San Sebastián, se salvaron los muebles en 1995).
Ahora mismo, la inseguridad en la calle, y el hastío que produce la violencia y que multiplican los accidentes y
las catástrofes que nos visitan a diario en televisión, radio y prensa, afectan a unos y otros, trabajadores y
clases medias. Ahí la derecha tiene otra baza. En tiempos de inseguridad, no hacer mudanza, diría hoy el dicho.
Curiosamente la inseguridad en la calle es uno de los mayores fracasos de nuestros gobiernos conservadores y
nacionalistas. El alcalde de Barcelona, Joan Clos, no se cansa de denunciarlo. Y lleva razón. La Ley de Fuerzas y
Cuerpos de Seguridad señala que ésta es competencia del Estado y de las autonomías que la tengan
transferida. La policía local es sólo coadyuvante en la medida en que sea requerida para ello.
En el caso de Cataluña, nadie quiere ser el responsable: la policía nacional, como va siendo sustituida por la
autonómica, no cubre vacantes; la autonómica todavía no ha llegado del todo, y la local está cansada de pagar
el pato que la proximidad a la gente le obliga a no eludir, cosa que los alcaldes reflejan con indignación.
La alcaldesa de Santa Coloma de Gramanet me decía hace poco que en vez de los 130 policías nacionales que
corresponden al tamaño de su ciudad, tiene sólo 85.
En realidad, como reflejaba hace poco un reportaje en Abc, la policía considera que jueces y fiscales no dan
abasto, y que en consecuencia el trabajo policial es inútil. El porcentaje de autos de prisión provisional sobre
detenciones es irrisorio, según la policía de Madrid. La multirreincidencia no se castiga y ello perjudica la moral
de policías y ciudadanos. Esa es otra de las emociones o sentimientos extendidos por todo el país. Y es una
sensación compartida que va a hacer aún más difícil la aceptación de los nuevos inmigrantes extracomunitarios
en nuestras ciudades.
La manía ibérica por la lejanía y lentitud de la justicia como prueba de ecuanimidad está llevando a la
desmoralización ciudadana. La justicia local duerme el sueño de los justos en un cajón del Congreso de los
Diputados, encerrada en dos leyes que nunca se aprobarán: la Carta Municipal de Barcelona (¡sólo faltaría: qué
se han creído éstos de Barcelona!) y la Ley de Grandes Ciudades que hizo el secretario de Estado del PP,
Francisco Camps, y que decayó al finalizar la legislatura pasada (¡y la había hecho para extender los beneficios
de la justicia local y otras innovaciones legales de la Carta a todas las grandes ciudades!).
Finalmente, el terrorismo, que ha perdido las elecciones vascas tanto o más que el nacionalismo español, va a
apretar fuerte para no quedar definitivamente vencido. Su única esperanza es que sus ataques levanten de
nuevo tal aversión por Euskadi en el resto de España que se vuelva a abrir la fisura nacionalista en el campo de
los demócratas: abertzales en un lado y españolistas en el otro. Lo han dicho el otro día en Gara.
Nuestra esperanza es que los terroristas, de tanto apretar se caigan, como ocurrió en Barcelona en 1992, antes
de los Juegos Olímpicos, y que los demócratas vascos de toda condición se unan, empezando, como propone
Gemma Zabaleta, la secretaria de política institucional del PSE, por los ayuntamientos y las escuelas, que es
donde se fragua (o se pierde) la confianza entre unos demócratas y otros. La falta de auténtica sensibilidad,
compañía y deferencia de algunos (si no muchos) ayuntamientos nacionalistas vascos con los concejales vascos
populares y socialistas amenazados ha sido para mí uno de los espectáculos más inmorales de estos últimos
años.
Éstas son las emociones dominantes hoy, y probablemente lo serán aún por un tiempo. ¿Impasse? No
necesariamente.
Hay factores paralizantes, como las alianzas contra natura que he mencionado al principio. Ahora el Gobierno
popular presentará un acuerdo sobre la financiación autonómica en que se arreglarán los entuertos del pasado
(¿y qué van a decir las autonomías si precisamente están maniatadas por las deudas de ese pasado?), pero no
se solventarán los problemas del futuro: la distancia entre los resultados del régimen foral y el común, que ya
vienen de Franco, en el caso de Álava y Navarra; la lejanía de la financiación local respecto a la que debería
ser; la arbitrariedad de la inversión estatal directa; el miedo a la transparencia de las balanzas fiscales, que en
la RFA son aireadas sin rubor y aquí producen terror; y la falta de definición de un criterio de equidad a largo
plazo basado en el pago por renta y el cobro por población, corregida ésta por una serie de factores razonables.
Tendremos cesto de impuestos indirectos y especiales, poco dinero adicional (no está el horno para bollos),
flexibilidad de tipos impositivos... y una falta total de coraje para enfrentarse con la solución del problema
financiero del sector público a tres niveles que montó la Constitución y desarrollaron los Estatutos. Los tres
nacionalismos que mandan, por la propia definición de nacionalismo, no se pondrán de acuerdo más que en la
asunción repartida de los errores del pasado, errores que, además, negarán como San Pedro, tres veces si es
preciso.
La verdad es que el Estado, en los últimos cuatro años, ha crecido más que el producto nacional bruto y, por
tanto, más que las autonomías. La devolución de recursos hacia la proximidad y la sociedad ha sido inversa, de
abajo arriba. Por primera vez en los últimos 22 años.
Pero la vía de la evolución política de este país está marcada.
- La reforma del Senado, empezando por la activación de la Comisión General de Autonomías y del preceptivo
debate autonómico en sesión plenaria (no se entiende cómo Aznar, que tiene por virtud el cumplimiento de lo
que está mandado, incumple en eso).

�- La apropiación y protección de las lenguas y las señas estatutarias (que son constitucionales) por parte del
Estado, en todas sus instituciones y símbolos, desde el euro hasta las matrículas -algo que han pedido todos los
partidos menos el PP-, y la lealtad consiguiente de Cataluña y las demás nacionalidades históricas para con los
símbolos de España.
- La presencia de las autonomías en Europa, de acuerdo con los Tratados, en aquellas materias en que tienen
competencia exclusiva y capacidad legislativa -lo que obliga a una previa formación de la voluntad estatal en el
Senado y una lealtad horizontal entre las autonomías, pues ni las 17 autonomías españolas ni menos las 300
regiones europeas caben en los Consejos de Ministros de la Unión-.
- Finalmente, y casi más importante, la traducción de esos principios políticos en una real franqueza entre
españoles de distintos pueblos ('los pueblos de España' de los que habla la Constitución).
- Y la traducción de todo ello en una auténtica mejora de la vida civil, de la vida en nuestras ciudades y
pueblos, con una imposición fiscal menos complicada y onerosa, con seguridad, justicia local y enseñanza local
-según el modelo anglosajón-, con colaboración entre la enseñanza pública y la privada, y con devolución de
competencias a los territorios y a los ayuntamientos.
A 1 de enero de 2002, como tarde, habrá que ponerse a trabajar en todo ello. El impasse, el callejón sin salida,
no es tal. Hay una valla, pero no un muro. Al otro lado de la valla, la España plural y viva; de este lado, la
peleada, asustada y dividida.
3/7/2001

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                    <text>Madrid se va
Pasqual Maragall i Mira
El País 27/02/2001
Se tiene desde la periferia la sensación de que Madrid se va de España. Que juega otra liga, la liga
mundial de ciudades. Una especie de síndrome Figo, muy acusado, cómo no, en Barcelona.
(¿Cómo dejamos escapar a este tipo?: esa es otra).
Tenemos la impresión de que Madrid se mide con Miami, con Buenos Aires, con São Paulo. Que ya
no le interesamos. Que España, para Madrid, es ahora tan sólo el lugar donde ir a buscar
pequeñas y medianas empresas en venta para mejorar posiciones, sector por sector, antes de dar
el salto al otro lado del charco.
Eso en el terreno económico, que ha pasado a ser no ya el decisivo, sino el único que cuenta. En
el subordinado terreno político, se nos dice, se hace sólo desde Madrid un modesto
acompañamiento del proceso económico dominante.
Antes Madrid era la capital política, y Barcelona y Bilbao, y luego Valencia, las capitales
industriales y económicas. Ahora figura que es al revés. Ahora Madrid es ante todo la capital
económica, la capital de la innovación y de la nueva economía, mientras que el poder político se
ha descentralizado: Cataluña tiene su Generalitat, Euskadi sus fueros y sus conciertos, y la
Comunidad Valencia su Zaplana, con su IVAM y con sus rápidos trenes y carreteras a Madrid (¿qué
más quieren?).
El gasto público, sin contar pensiones ni amortizaciones de la deuda, ha pasado de ser central en
un 85% y local en un 15% (1980) a ser central en un 51% y descentralizado en el otro 49%,
aproximadamente repartido en un 32% y un 17% entre autonomías y entes locales (1998). Y aún
falta por repartir la competencia y los recursos de Sanidad y Educación a la totalidad de las
autonomías de la vía lenta. Eso va a terminar pronto en un 40% / 60% entre centro y periferia.
Realmente, ¿qué más quieren estos chicos?, deben de pensar en Madrid.
La definición, no sé si decir madrileña o popular de España, es la siguiente: España está formada
por un conjunto de puntos a distancias diversas de Madrid. Y la definición del objetivo de la
política territorial es, como sabemos, acortar esas distancias. Todas las capitales de provincia a
menos de X horas de Madrid en un plazo máximo de Y años.
Madrid es el aeropuerto transoceánico de España y el mercado español no da para otro más. Ésa
es la tesis del Ministerio de Fomento, que está al frente de algo mucho más importante que los
destinos de España. Está al frente de sus redes de infraestructuras, al frente de sus webs. Tiene el
lápiz de España en la mano.
La tesis Cascos de que el mercado no da para más es interesante, tan interesante que debería ser
contrastada. Los catalanes le estamos diciendo a Cascos que para estar seguros de que el
mercado no da para un segundo aeropuerto transoceánico le dejemos decidir a él, al mercado.
Que no sea Cascos, sino el mercado, quien decida si el mercado quiere o no otro aeropuerto
transoceánico. ¿No sería más seguro?
Los catalanes (excepto el desorientado Pujol, a quien esos temas no han interesado nunca mucho,
y el enternecedor Trías, que amenaza al PP con no votarle ¡a partir del 2004!), los catalanes
normales y corrientes, de derechas y de izquierdas, preferirían que el mercado decidiera esas
cosas y entonces veríamos si es verdad o no que quien decide es la economía y no el Estado (es
decir, AENA, el amo público de los aeropuertos).
Cuando Narcís Andreu, recién nombrado presidente de Iberia, viajó a Barcelona por primera vez,
llegaba convencido por los aenitas de entonces de que los catalanes no volaban. Le demostramos
que los catalanes sí iban a Nueva York pero pasando por Madrid, como los extremeños, los
gallegos y los aragoneses, y se dio cuenta en seguida del lío en que se había metido.

�Gracias a Narcís Andreu y sus sucesores Iberia proyectó un hub o centro transoceánico de
redistribución de vuelos en Barcelona. No sirvió de nada porque AENA se opuso, como ahora hace
Cascos siguiendo sus indicaciones.
Hay que terminar con esa visión torpe de la España uniforme, frente a la España diversa que
defendía Bono hace poco en el Club Siglo XXI de Madrid. Por el bien de España. Por el bien de
Cataluña. Por el de todos. La sorpresa que se van a llevar los uniformistas el día que España les
diga a golpe de urna que no es como ellos querrían que fuese, que es libre y diversa, que está
hecha de singularidades potentes y sensatas, capaces de entenderse y de respetar un proyecto
común. Común, no impuesto.
Preferimos, como dice Pedro Nueno, que la capital de Hispanolandia sea Madrid a que lo sea
cualquier gran capital americana. En serio. Por muchas razones. También por interés propio. Nos
pasa con Madrid lo que a los bilbaínos en el 92 con Barcelona. '¿Sabes dónde se hacen los Juegos
Olímpicos?', te preguntaban. 'A 500 kilómetros de Bilbao', te respondían ellos mismos antes de
que pudieras reaccionar.
Hoy sabemos que los JJ OO del 92 y el formidable salto adelante de Barcelona han sido un acicate
importante para que Madrid se haya catapultado en el espacio global. Madrid se ha superado a sí
mismo, y es bueno que sea así. Los catalanes, y creo que todos los demás, queremos un Madrid
vivo, no un Madrid receloso o acomplejado. Un Madrid optimista.
Ahora bien, que nadie se lleve a engaño. El éxito de Madrid se está constituyendo en móvil de un
formidable segundo salto de Barcelona hacia el 2004, con Cascos o sin él, a pesar de Pujol o con
su ayuda, y en todo caso, gracias a Clos y a su equipo. Pero también, y sobre todo, gracias a los
empresarios, medios de comunicación y ciudadanos individuales y asociados que construyen con
ambición, y con una creciente seguridad en sí mismos, los proyectos de la ciudad del siglo XXI.
Que incluyen una Barcelona capital del diálogo entre las culturas. La Barcelona de Lluch.
Seguramente habrá que arriesgar más, aceptar más publicidad y transparencia de las empresas,
admitir que la empresa familiar sólo crece si en alguna medida se abre hacia otros horizontes,
tener proyectos mediáticos y culturales muy sólidos y aceptar que los países y comunidades de
pequeño tamaño deben desarrollar una teoría y una práctica de la sinergia público-privada, si
quieren ser alguien en el mundo. Lo que el sociólogo Manuel Castells llama modelo Finlandia. Pero
eso es tema para otro día y tiene muchas otras facetas.
De momento, podríamos sustituir el síndrome Figo por el síndrome Aimar e irnos a Valencia de vez
en cuando a ver jugar a uno de los grandes del fútbol mundial, suponiendo que Cascos nos ponga
el AVE Valencia-Barcelona, saltándose la consigna del gran jefe: todo a dos horas máximo de
Madrid. Y si no ponen el AVE, iremos en Euromed. Si Madrid se va solo por ahí, puede ser que un
día se encuentre que los demás vamos todos juntos por otro lado. El Madrid del Gobierno, claro.
Porque el Madrid de Tierno no creo que esté metido en ese viaje.

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                    <text>Es hora de tomar la palabra
Pasqual Maragall i Mira
El País 23/11/2000
La primera reacción es el silencio.
Ante el horror, uno piensa que lo mejor es callar.
Dejar que el dolor arraigue y se convierta por sí solo en respuesta total, absoluta, indiscutible.
Pero después, poco a poco, se impone la voluntad y la razón.
Es preciso construir la respuesta necesaria y hacerla explícita, compartida, común. Ya no se trata,
tan sólo, de formular propuestas políticas e institucionales que son obvias, pero que pueden llegar
a parecer vacías de tan repetidas: unidad de los demócratas, diálogo, gobiernos responsables que
sumen fuerzas y que unan a los ciudadanos en lugar de dividirlos...
La mejor forma de respetar la memoria de Ernest Lluch es repetir, multiplicado por diez, por cien,
por mil, lo que él hacía, quizás demasiado solo, cada día: ejercer de ciudadano, correr el riesgo de
pensar, de querer entender... Y también el riesgo de estar presente donde tocaba estar. De
explicar lo que pensaba. De convertir la sabiduría acumulada en propuestas útiles para hoy y para
mañana.
Ernest nunca calló. Sabio, sí, pero incansable también. Inteligente, con un humor agudo y certero.
Anteayer por la mañana defendió en Radio Euskadi sus posiciones de siempre: firmeza, diálogo,
generosidad, interpretación positiva de la Constitución, todo ello buscando las raíces históricas que
nos habrían de permitir edificar la paz.
Ésta es la lección, el encargo que hemos recibido de Ernest: buscar dentro de nosotros y explicar
lo que encontramos. Transformar los sentimientos en razones, y las razones, en propuestas. Y así
todos, gobernantes y partidos políticos en primer término, pero también todos y cada uno de
nosotros, ciudadanos de ojos abiertos, oído fino y lengua habladora. Ojos, oído y lengua para ir,
estar, para escuchar y para hablar al pueblo vasco. A todos juntos y a cada uno. A los
nacionalistas, a los progresistas, a los conservadores, a los independentistas, incluso a los que
practican o justifican la violencia. Especialmente a estos últimos.
Para decirles bien claro que no aceptamos el miedo ni la muerte como norma de vida. Para
pedirles el coraje de ser libres y aceptar, por tanto, la libertad de todos.
Es hora de tomar el relevo de Ernest. Es decir, es hora de tomar la palabra y levantar la voz. De
multiplicarla y repetirla para que llegue a todos y a cada uno, para que incluso aquellos que no
querrían hayan de escucharla, dejarla entrar y arraigar en su conciencia.
Lo han matado porque estaba demasiado cerca de ellos, porque se les hacía insoportable la razón
sumada al afecto al pueblo vasco que Ernest había sabido personalizar.
Ahora nos queda el trabajo de obligarles a escuchar, a entender la voz de Ernest hecha grito,
exigencia inapelable, fuerza moral de todos los pueblos de España.
Hoy Catalunya, más que nadie, tiene la palabra. No sólo el Gobierno o los políticos. Aquí, entre
todos, vamos a dar el primer paso, el decisivo, en la buena dirección, la que nos indicó Ernest.
Vamos a crear el escenario que llevamos tantos años persiguiendo: el del diálogo real, el del cara
a cara entre los pueblos de España para construir, libres y juntos, el futuro federal, común para
todos y distinto para cada uno.

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08/08/2004 (5499579) - Noticias
EL PAÍS / Madrid / Base / España, pág. 17
EL PAÍS / Madrid / Base / España, pág. 19
CONFERENCIA DEL PRESIDENTE DE LA GENERALITAT CATALANA EN EL ESCORIAL
El pasado jueves, el presidente de la Generalitat de Cataluña pronunció en la escuela de verano de El Escorial
la conferencia Catalunya en el contexto político español, que ha suscitado una amplia polémica. Las críticas
han venido no sólo desde las filas de la oposición, sino desde el propio partido socialista y, más discretas,
desde el Gobierno. El presidente andaluz, Manuel Chaves, en conferencia de prensa, señaló el pasado viernes
que el reconocimiento de los hechos diferenciales "no debe ser excusa para la discriminación o el privilegio de
unas comunidades frente a otras". Por el interés que ha suscitado la conferencia del presidente catalán,
publicamos una versión reducida de su intervención en El Escorial.

Soplan en los pueblos de España vientos de cambio
PASQUAL MARAGALL
Se acabó el "no mojarse", el wait and see, el "se mira pero no se toca" de la Catalunya
de la era Pujol con respecto a España. Esa actitud contribuyó al tránsito de la
dictadura a la democracia, y de la uniformidad a la variedad, pero tocó techo hace ya
unos años.
Todos sabemos en Catalunya que la desaparición de fronteras con Europa,
concretamente con Francia, significa también que no hay frontera imaginable con
Castilla y no digamos con Aragón. Los independentistas también lo saben.
La desaparición de las fronteras estatales en Europa significa también que Lisboa
sufre tanto o más que Barcelona la deslocalización de empresas y profesionales hacia
Madrid, mientras que la Euro región Oporto-Vigo sube como la espuma.
Catalunya no "pasa" de lo que sucede en otros territorios de la España plural.
Deseamos que cambie la singladura del proyecto vasco de modificación de la relación
con el Estado, tras las elecciones de abril en Euskadi. Frontera con Castilla no habrá
tampoco. Pero la del Bidasoa perderá sentido en gran medida. Eso sí. Y su Euro
región vasca será imparable.
Hay euro regiones entre Alemania y Holanda, entre Alemania, Francia y Suiza (la
"Regio"), entre Nord Pas de Calais, el sur de Bélgica y el South East inglés, entre
Copenhague y Malmoe, unidas por un puente sobre el mar, la hay en ciernes entre
Catalunya, Aragón, Languedoc Roussillon, Midi Pyrenées y eventualmente Aragón y
Comunidad Valenciana, y la hay entre el Norte de Portugal y Galicia. ¿Cómo no va a
haber una euro región vasca a los dos lados de la frontera?
¿Saben Vds. qué regiones europeas crecen más deprisa, descontando el factor
nacional de crecimiento? Las fronterizas, porque allí donde hubo barrera, al quitarla,
acuden las aguas a fecundar lo que en realidad es un cauce.
Pero volvamos a lo nuestro. Volvamos a cómo se organiza nuestra diversidad interior,
cosa que por cierto se hace más sencilla a medida que Europa deslegitima la
correspondencia biunívoca entre Estado y Nación, entre "vivencia en" y "pertenencia
a" un territorio dado.
He mencionado Euskadi. Consideremos ahora, siempre con el respeto debido por
parte de un observador apasionado, implicado, pero observador al cabo, el caso de
Andalucía. Andalucía tiene razones para postular un tratamiento diferenciado entre las
Comunidades autónomas, puesto que posee, si no lengua propia, sí una cultura
robusta y singular, y porque entró en la autonomía por la vía rápida del art. 151 de la
Constitución.
No tendría las mismas razones en cambio, a no ser a través de un cambio
constitucional importante, para postularse como nacionalidad, puesto que la
103

�Articles de Pasqual Maragall a

Constitución del 78 las limitaba implícitamente a las autonomías que "en el pasado",
por no mencionar a la 2ª República, hubieran plebiscitado su Estatuto, es decir,
Catalunya, Euskadi y Galicia.
Sin embargo, si del último de los Estatutos republicanos (el gallego, 1939) a la
Constitución van 39 años, de la Constitución hasta hoy han pasado 25. No hay por qué
pensar que "el pasado" se terminó en 1978: sigue creciendo, sigue "pasando". Eso,
ese registro de "lo que va pasando", es precisamente lo que los cambios
constitucionales verifican, deben verificar.
Me cuento entre los que entendieron y votaron la Constitución en tanto que reconocía,
entre otras cosas, la nacionalidad catalana: no había que ser muy astuto para leer la
Carta Magna en esos términos.
Para mí no hay duda de que la Constitución consagraba a las tres nacionalidades
históricas como tales nacionalidades, y no a ninguna otra, pero otros, no creo que el
Tribunal Constitucional, pero sí ciudadanos como Vds. y como yo, pudieron entenderlo
de otro modo.
Dejemos ya la historia y volvamos al presente.
No es sólo que los andaluces se metieran ya desde buen principio en la vía prevista
para las nacionalidades en el momento de acceder a la autonomía, la del artículo 151.
Es que además, como he dicho, su singularidad cultural es innegable.
Catalunya obtuvo su Estatuto en 1932, Euskadi en el 36 y Galicia en el 39. ¿Qué
hubiera ocurrido si el proceso político de entonces hubiera proseguido, sin guerra civil?
¿Hubiera Andalucía pedido y obtenido su Estatuto? ¿Quién puede saberlo, quién
puede descartarlo?
Alguien podría objetar: es que precisamente la guerra civil demuestra que aquel
camino no era sostenible. Pero, como Vds. comprenderán, eso sería tanto como
resolver de mala manera lo que la Constitución tiene de ambigüedad calculada. Sería
resolverla con un carpetazo al pasado que no haría justicia a las concesiones que los
artífices de la transición se hicieron entre ellos. Mejor dicho, sería vulnerar aquel
acuerdo. Lo que tenemos que hacer ahora es mejorarlo poniéndolo al día.
¿Quién dijo que las Constituciones cuánto más breves y más confusas mejor? Los
británicos no tienen Constitución y no les va mal. Han montado no ya un sistema
asimétrico sino varios sistemas de autonomía. Uno para Escocia, uno para Gales y
otro, complicadísimo y de momento eficaz, para Irlanda del Norte, que tenía un
conflicto vivo más antiguo y tan virulento como el vasco. Hasta tiene equipos de fútbol
internacionales para cada uno de sus territorios, incluyendo por supuesto Inglaterra.
Volvamos a España. Aquí el traje a medida que estamos haciendo va a depender
crucialmente de lo que haga o diga Andalucía. Andalucía está ante una disyuntiva: o
busca y obtiene un reconocimiento de su singularidad o se conforma con una actitud
de rechazo a toda singularidad y se postula como garante de una cohesión basada en
la negación de pretendidos privilegios.
Lo segundo sería un error dramático. Se trata más bien de diseñar las reglas del juego
excluyendo todo privilegio, no de borrar las distinciones realmente existentes para que
quede claro que no hay privilegios. Eso sería tanto como echar el niño con el agua del
baño, como dicen los anglosajones. Muerto el perro muerta la rabia, decimos aquí.
Yo he sido el primero en defender la singularidad foral y fiscal vasca, en descartar el
concierto para Catalunya por innecesario, mimético y falto de base histórica, y en
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�Articles de Pasqual Maragall a

señalar que sin embargo Catalunya difícilmente aceptará contribuir fiscalmente al pago
de los servicios públicos de comunidades con renta per cápita superior a la media
española, cosa que está ocurriendo: sólo cuatro comunidades son hoy por hoy
contribuyentes en términos netos, Madrid (con un "efecto sedes" incorporado que
habría que descontar), Catalunya, Baleares y Navarra, ésta última en muy menor
medida.
He hablado de fijar las reglas. Andaluces y catalanes nos hemos puesto de acuerdo en
pagar por renta y recibir por población. Ésta es una regla clara, que la gente entiende,
cuestión ésta de la "comprensión pública" absolutamente crucial. Hay que abandonar
los tecnicismos en la explicación del sistema fiscal y financiero del Estado de las
Autonomías.
Todo el mundo comprende que es justo que los que tienen más porcentaje de renta
que de población, los que tienen más y son menos, ayuden a los que tienen menos y
son más. También porque, seamos claros, con ello se ponen puertas al campo de los
excesos de generosidad que siempre acaban en resentimientos cruzados. Y porque
así las economías y las rentas per cápita convergen y los mercados se ensanchan.
Que es lo que hoy está ocurriendo.
Y añado aún más a lo dicho antes: andaluces y catalanes nos entendemos porque
muchos andaluces han hecho Catalunya con sus manos y su ingenio. Por tanto, nos
conviene a unos y otros entendernos, pero sobre todo lo que ocurre es que lo
queremos y que es fácil entenderse. Más por querer y poder, pues, que por convenir.
Lo esencial son tres cosas. La primera es la Constitución y los estatutos y su dibujo de
la España plural. La segunda es el Senado. La tercera, Europa.
Voy a referirme con cierta extensión a la primera cuestión, que es la que centra la
temática de la conferencia, y brevemente a las otras dos, por bien que son
imprescindibles para completar la primera. Tiempo habrá para hablar de ellas.
Cualquier niño sabe en Catalunya y en Euskadi, y muchos en Galicia saben que esas
regiones no son exactamente regiones sino nacionalidades. La Constitución española
también lo sabe. Aunque, como he dicho, no lo precisa explícitamente, porque las
autonomías -hay quien no lo recuerda- no existían cuando se hizo la Constitución. Se
hizo para que existieran, pero no existían.
Los Estatutos introdujeron cierta confusión, sin duda. Ciertas regiones, en sus
estatutos, se autodefinieron "nacionalidades", y las cosas se complicaron. Quizás se
entiende que la Comunidad Valenciana y Aragón son nacionalidades en tanto que
antiguos miembros de la Corona de Aragón.
Habrá que ver cómo se restablece ese espíritu en la nueva letra que quiere escribirse
ahora. Nombrar las autonomías en la Constitución es obligado -lo era ya
probablemente hace quince años-. Pero no denominarlas con precisión
(nacionalidades, regiones, archipiélagos quizás) sería decepcionante.
Catalunya no es fácil que viese con buenos ojos una Constitución que no la
denominara a más de nombrarla, sobre todo porque aquí siempre entendimos que en
1978 se nos denominaba nacionalidad sin nombrarnos. Si ahora se nos nombra sin
denominarnos habríamos perdido más de lo ganado. Y ya se sabe que los catalanes
en cuestión de ganancias somos muy mirados. Es un tema que nos importa mucho.
Como en general ocurre en todo el mundo. La gente cuenta, suma y resta. Y decide.
Creo que el presidente del Consejo de Estado cuando sugirió en el 25º aniversario de
la Constitución que los Estatutos de Catalunya, Galicia y Euskadi (y Navarra, añade)
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�Articles de Pasqual Maragall a

fuesen aprobados con los quórums de la Carta Magna, estaba reparando en la
necesidad de poner las cosas en su sitio, y sugirió para ello un camino entre los varios
posibles.
Pero quizás baste, como él mismo sugiere, incluir en la Constitución reformada la
especificidad de esos territorios para evitar a sus Estatutos el tener que someterse a
quórums exorbitantes. En todo caso el profesor Rubio Llorente puso el dedo en la
llaga.
La secuencia temporal de la reforma estatutaria en Catalunya y la Constitución plantea
algunos problemas. Pero no problemas insolubles. Existen dos salidas. La primera y
más práctica es la sugerida por un ex presidente del Tribunal Constitucional: las
transitorias del Estatuto, que convertirían en interinos determinados cambios que
pudiesen ser vistos como poco compatibles con la Constitución actual hasta tanto la
reforma constitucional proveyese lo que tenga que proveer. La segunda es que
iniciativa para la reforma constitucional la tienen también indirectamente los
Parlamentos autonómicos.
Termino. Los socialistas catalanes no es fácil que aplaudan una Constitución que no
denomine correctamente las autonomías o que no convierta el Senado en la cámara
en que esas autonomías se reúnen. Lo mismo ocurriría si no se previera la citada
representación europea de España en materias transferidas.
Pero tengo la convicción de que esos requisitos serán ampliamente compartidos. No
sin debate, por supuesto. Hay una gran confusión todavía sobre estas cuestiones.
Mientras no exista ese Senado o no se comprometa su efectiva existencia, tampoco
será fácil que renunciemos a ninguna de las opciones abiertas para defender todos
esos puntos.
Entramos en un periodo decisivo. Todas las precauciones son pocas. Pero quiero que
se sepa que esas precauciones no obstan para que acudamos a la cita estatutaria y
constitucional con entusiasmo y confianza.
La España que no pudo ser, puede ser. Será.
El socialismo catalán ha contribuido sin regatear esfuerzo a hacer llegar el barco de
España hasta aquí. Y no piensa cejar hasta conseguir el objetivo de una España
plural, reconciliada con su diversidad, y en condiciones subjetivas de afrontar la
reforma de la sociedad y de la economía que harán de este país un adelantado de
Europa, cosa que la derecha no ha conseguido.
No estoy hablando de la macroeconomía, estoy hablando de la calidad de vida, de la
educación, de la seguridad en los barrios y de la salud. De la transparencia y de la
ética política. De la capacidad de integrar a los inmigrantes sin perjuicio para los
residentes. Del mapa de la España en red.
A ver si llega el día en que debamos hablar menos de patriotismo y de la patria y más
de lo que hace que los ciudadanos se sientan a gusto en ella.
Quizás soy un ingenuo. Quizás toda esta pretensión de que España se sienta plural y
Catalunya libre, es decir, formando libremente parte de ella, sea una ilusión vana y
haya que volver al agnosticismo catalán de los pasados 25 años, al "se mira y no se
toca" y a la simple cortesía entre gentes bien educadas.
El texto íntegro de la conferencia está disponible en www.elpais.es

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06/07/2005 (5865365) - Artículo de opinión
EL PAÍS / Madrid / Base / Deportes, pág. 48

2M12 La carrera olímpica
DE LAUSANA A SINGAPUR

¡Suerte, Madrid!
PASQUAL MARAGALL
Hoy tenemos fijada nuestra atención en Singapur, en la decisión del Comité Olímpico
Internacional sobre la sede de los Juegos Olímpicos de 2012. Hoy compartimos la
esperanza de Madrid, a un paso de la realización de su sueño olímpico. Es la
esperanza de la ciudad entera. Es el sueño, también, de todos.
Madrid ha sabido concebir ese sueño. Ha trabajado mucho y bien para poder estar
entre los mejores. Pase lo que pase, Madrid habrá sabido actuar con rigor y con
acierto para optar a ser sede de los Juegos que se van a celebrar dentro de siete
años.
Madrid ha reafirmado su vocación olímpica. Y ha sabido transmitirla. Hacia dentro y
hacia fuera. Los responsables olímpicos de Madrid han logrado contagiar su
entusiasmo consiguiendo el apoyo popular a una causa noble y ambiciosa a un
tiempo. Además, Madrid ha sabido convencer a la familia olímpica de la solidez de su
propuesta y de sus proyectos de transformación urbana. Pase lo que pase, Madrid ha
afirmado con más contundencia que nunca su vocación olímpica.
Madrid ha potenciado sus condiciones como gran capital. Ha trabajado tenazmente
hasta diseñar un modelo imbatible. Los responsables de la candidatura olímpica de
Madrid han jugado a fondo la carta de la ciudad. La escala humana para un
acontecimiento planetario.
Y, por encima de todo, Madrid ha demostrado pasión. De nada serviría el excelente
trabajo realizado sin esa pasión que la candidatura de Madrid ha sabido transmitir, con
el alcalde Alberto Ruiz-Gallardón a la cabeza. Y con el apoyo de la diplomacia que
tanto el Gobierno como la Familia Real han sabido desplegar cuando ha sido
necesario.
Madrid opta hoy a un gran triunfo que, pase lo que pase, tiene merecido. Madrid es
hoy, más que nunca, una ciudad libre y abierta. Capaz de ilusionarse -y de
ilusionarnos- con la utopía posible de ser capital del mundo como sede de unos
Juegos Olímpicos.
El 17 de octubre de 1986, cuando Barcelona fue nominada, afirmé que lo que era
bueno para Barcelona era bueno para Cataluña y era bueno para España. Y así lo
expresé y lo sigo creyendo. Hoy quiero afirmar, con el mismo convencimiento, que los
Juegos de Madrid también serán buenos para Cataluña y para España.
Madrid: nuestro deseo hoy, más que nunca, es que tu nombre y tu proyecto sean
reconocidos. Ojalá que este 6-J en Singapur sea como aquel 17-O de 1986 en
Lausana y que las palabras "... a la ville de Madrid" desaten la felicidad que tanto han
hecho por merecer los hombres y mujeres de esta gran ciudad. ¡Suerte, Madrid!
Pasqual Maragall es presidente de la Generalitat de Cataluña.

111

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                    <text>Articles de Pasqual Maragall a

28/08/2005 (5920194) - Artículo de opinión
EL PAÍS / Madrid / Base / España, pág. 18
LA REFORMA DEL ESTATUTO CATALÁN
El autor aboga por profundizar las relaciones entre los pueblos de España por el camino del federalismo
pluralista y la convivencia. Maragall apuesta abiertamente por superar la visión y la práctica política que han
caracterizado las relaciones establecidas por los nacionalistas españoles y catalanes durante los últimos 100
años, que, a su juicio, se han limitado a conllevarse y a mantener una relación educada. Propugna superar el
modelo desarrollado por González, Aznar y Pujol y explicita un marco de relaciones más ambicioso entre
Cataluña y España. Para el presidente de la Generalitat, lo que quiere Cataluña es una España de corte federal,
en la que puedan coincidir los federalistas y los soberanistas.

Convencer o conllevarse, federalismo o nacionalismo
PASQUAL MARAGALL
Se va a decidir el Estatuto de Catalunya -y se abrirá así el segundo cuarto de siglo
constitucional, aunque el nacionalismo catalán y el español no tienen mucho interés en
ello-.
Se va a decidir, crucemos los dedos, la paz en Euskadi.
Recuerdo que hace 20 años nos reunimos los ex compañeros de las Organizaciones
Frente (Flp, Esba y Foc), que habían sido en los años 60 una estructura clandestina de
izquierda radical, no comunista -y que al lado del PCE-PSUC de Carrillo, López
Raimundo y El Guti empequeñecían-. Al final del encuentro nos autoconvocamos para
una próxima reunión en San Sebastián -"cuando haya paz", dijo Recalde-. A Recalde
casi lo matan, años más tarde. No nos hemos reunido.
El drama vasco/español tiene entre sus causas inmediatas (no hablo de las causas
históricas anteriores), un exceso de maldad: la de Franco en el Decreto del 38 del siglo
pasado, cuando sentenció que abolía los fueros del "las provincias traidoras de
Vizcaya y Guipúzcoa". Franco mantuvo los fueros de Navarra y Vitoria, que le fueron
fieles en el momento del alzamiento militar.
Se dirá que todas las guerras son igualmente indecentes y perversas, y es cierto. Pero
añadir ese plus de odio específico, geográficamente determinado, a la brutalidad de
una guerra civil, y luego arrasar por primera vez en la historia moderna una ciudad,
una pequeña ciudad símbolo de una nación, Gernika, contribuyó con toda probabilidad
al nacimiento del drama. Contribuyó a cristalizar el odio vengativo de los terroristas,
que acabó apuntando y disparando incluso contra los que querían, contra todo odio,
reivindicar el pasado y el futuro de Euskadi, como Lluch, Buesa, Gregorio Ordóñez y
Recalde.
Estuve en el hospital con Recalde y en los entierros de Lluch, Buesa y Ordóñez.
Confieso que desde entonces he considerado que la política puede muy poco. No
puede evitar que finalmente un individuo o un grupo de individuos, para conseguir
objetivos que creen que la democracia no les permite obtener, maten a un ser
humano, destrocen a una familia, entristezcan a una ciudad y turben a toda una nación
-al mundo entero, ya ahora- sabiendo que esa misma e impotente democracia les
garantiza la vida a esos individuos. Que tiene que respetársela. Y que la venganza, la
justicia vengativa, como se verá en Gran Bretaña, no mejora las cosas, las empeora,
aunque de momento genere una apariencia de justicia, de proporcionalidad.
Como ha dicho el presidente Zapatero, hay que ir modestamente pero
incansablemente, con pasión contenida y lúcida, a deshacer el nudo de la causa, de
las causas del odio. Sabiendo que el tiempo de la solución no es el tiempo de un
gobierno, ni siquiera el tiempo de la vida de muchos de los que sufrieron directamente,
en sus familias, en su entorno, el daño de la muerte y el sentimiento incontenible de
venganza.

112

�Articles de Pasqual Maragall a

No digo que no tengan justificación las actitudes machaconas en contra de los que no
proclaman diariamente su repugnancia frente al terror. Esas actitudes, que no
comparto porque no bastan para vencer en la porfía, tienen una función. Que es la de
vacunar a la sociedad contra el olvido -esa sinuosa amenaza-.
Digo sin embargo que es imposible aislar unos problemas de otros, unos territorios de
otros; que es inútil que unos, los nacionalistas catalanes, pretendan que ese drama
español no nos afecta directamente; e inútil que otros, los nacionalistas españoles,
pretendan que ese drama es el único, el único tema y que, en función del mismo, todo
intento de avanzar en la devolución a los territorios de un mayor dominio sobre sus
propias trayectorias, es el principio de una nueva traición, de un drama semejante.
No se puede hablar de España ni tampoco de Catalunya, fíjense bien, sin empezar por
aquí. Pero no se puede terminar aquí.
Ni Catalunya puede ignorar los problemas de España para legitimar una vuelta "a lo
nuestro"..., ni en España puede instalarse la idea de que Catalunya es "el auténtico
problema".
En cierto modo sí es verdad que Catalunya es el auténtico problema. Pero no en el
sentido que normalmente se le podría dar a esa expresión. Voy a intentar explicarme.
Euskadi y Navarra han sido siempre una excepción española, en el sentido estricto de
que España les ha conferido o admitido siempre un régimen excepcional, y lo ha
pactado -incluso Franco respetó ese pacto, como he dicho, sólo que excluyendo de los
beneficios correlativos a dos de sus provincias, por su traición-.
Catalunya es demasiado grande para ser una excepción -me excuso por el
atrevimiento, pero no se me ocurre otra manera rápida de que se entienda la
diferencia entre un caso y el otro. Ahora matizaré-.
No es que la diferencia entre tres y siete millones de habitantes sea tan grande.
Andalucía es mayor que Catalunya, ya puestos. Pero, en primer lugar, hay que
recordar que España, históricamente, es el resultado de la unión de las dos grandes
coronas, la de Castilla y la de Aragón, con la excepción vasconavarra y la posterior
conquista del sur.
Y en segundo lugar, recordar que a partir del hundimiento total del imperio a finales del
siglo XIX, una parte de la corona de Aragón, Catalunya, inició una espectacular
recuperación política, económica y cultural que culminó con el primer Estatuto de
autonomía, el de 1932. Vascos y gallegos siguieron después, con bastante retraso.
Andalucía no llegó a tiempo. La Guerra Civil y la muerte de Blas Infante lo impidieron.
No es extraño pues que el Estatuto de autonomía de Catalunya de 1979 haya sido en
buena medida un referente fundamental del Estado de las autonomías en su conjunto,
siendo el caso vasco, como vengo diciendo, un hecho con más precedentes
premodernos, y por otra parte un hecho inmerso en una tragedia muy especial, muy
dramática.
El caso de Catalunya es muy distinto al vasco. ¿Catalunya, qué quiere? Catalunya
quiere una España plural, una España de los pueblos de España, una España de corte
federal, en la que coincidimos los federalistas y los soberanistas que no ven ahora otro
horizonte posible porque, a mi juicio, no lo hay.
Los nacionalistas creen que todo eso son quimeras, y me refiero a los nacionalistas
catalanes y los españoles. Ambos lo tienen muy claro: nación, como madre, sólo hay
una, cada uno la suya, incompatibles. La conllevancia es su consigna, en el mejor de
113

�Articles de Pasqual Maragall a

los casos. Como Joan Maragall, que al final de su largo epistolario con Unamuno
concluía que lo mejor era no tratar de convencerse unos a otros, tan sólo conllevarse y
mantener una relación educada.
En el fondo fue eso lo que hicieron Pujol y González. Y lo que hicieron Aznar y Pujol
en sus ocho años de entendimiento es para mí incomprensible: en cierto sentido no
hicieron nada. Quizás ya era mucho: convivir, cohabitar. Aznar ya hizo mucho
metiendo a toda la derecha española dentro de una Constitución que él no había
votado. Y Pujol hizo algo más importante. Insertar y mantener durante 20 años a
Catalunya en el marco de una Constitución y un Estatuto que no fueron especialmente
obra suya.
Han pasado 100 años justos del epistolario Maragall-Unamuno, 100 años, dos
dictaduras y una guerra civil. Los últimos 25 años, esta vez sí, de paz, democracia y
progreso económico y social. Y de integración por fin en Europa.
¿Es ingenuo pensar que "esta vez sí"? ¿Que la España plural se acepta tal como es?
¿Que los pueblos de España han encontrado el camino federal y pluralista de su
convivencia? ¿Que hemos superado el mal presagio de Machado sobre la suerte que
esperaba a todos los nacidos en la piel de toro, que una de las dos Españas iba a
helarles el corazón, como de alguna manera le sucedió también a él? ¿Será verdad
que la Oda a España de Maragall ha producido sus efectos e Iberia ha roto a llorar,
como él dijo, con lágrimas de madre? ¿Que Castilla ya no desprecia cuanto ignora?
¿Que el laberinto español tiene salida?
Puede que sí. Lo malo es que todo eso quizás sea un escenario casi mitológico,
anclado en una generación, la mía, que ya sólo obtura con sus ilusiones y sus
pesadillas la apertura de una nueva etapa más pragmática, más matter of fact, menos
nacionalista española o catalana.
Lo malo, digo, es que la ilusión quizás la tenemos solo unos cuantos. Otros, los
uniformistas, tienden a pensar que la justicia es contraria a la diferencia; creen que la
"asimetría" que dicen que queremos imponer consiste en "dos piernas para unos y
pata de palo para otros", cuando la asimetría que realmente padecen los pueblos
distintos es que se les trate como iguales en su lengua, en su derecho civil y en su
historia.
Felipe V, si bien tuvo en Catalunya muchos partidarios, fue aquí un rey impuesto, que
borró derechos y leyes y acabó arrasando un 25% de las casas de Barcelona para
construir una Ciudadela militar desde donde mejor bombardear la ciudad. Y sus
derechos.
Se dirá justamente que desde esa Ciudadela si algo se proyecta ahora no son ya
artefactos explosivos, sino leyes democráticas. La Ciudadela se ha convertido en
Parlament de Catalunya después de ser fracasado Palacio de la Reina Regente, cuyos
símbolos todavía campean en el edificio, y luego museo de arte. La Reina, cuando la
Expo Universal de 1888, prefirió alojarse en el Ayuntamiento de Barcelona, en una
sala que hoy es sala de plenos con su nombre y su retrato.
Pero volvamos al hilo central. La asimetría más dañina es la obstinada negación de la
diferencia. Si en algo habría que corregir la trilogía de valores de la Revolución
Francesa es en eso: la diversidad es un valor tan decisivo como la igualdad. Eso hoy.
Hace dos siglos, quizás menos.
Hay hoy en España una cierta delectación en generalizar las diferencias, "no sea que
se conviertan en desigualdades". La cláusula de la región más favorecida prevista
inicialmente en el Estatuto valenciano es sintomática de ese espíritu.
114

�Articles de Pasqual Maragall a

Igualmente discutible fue la ligereza con la que los Estatutos deshicieron el trabajoso
equilibrio de las disposiciones finales de la Constitución, que daban un camino propio
hacia la autonomía a las nacionalidades históricas que ya tuvieron Estatuto en el
pasado (durante la II República) y que restablecían los fueros vascos derogados por
Franco en dos provincias y rebajados antes por las leyes liberales del XIX.
Cierto que Andalucía tenía, si no un precedente claro, como las tres nacionalidades
históricas, un precedente presumible, imaginable. De no haberse producido o no haber
terminado la guerra civil como terminó, ya lo he dicho, los seguidores de Blas Infante
probablemente hubieran conseguido un cuarto Estatuto. Y hoy las históricas serían
cuatro y el resto probablemente regiones de España. La distinción entre regiones y
nacionalidades no presentaría tantas dificultades.
Pero sí algunas porque, vamos a ver: ¿qué ocurre con las antiguas coronas o partes
de la Corona de Aragón que comparten con Catalunya las cuatro barras en su
bandera? Y aún en Aragón la lengua catalana es común en toda la zona de la Franja,
y es idioma reconocido por el Estatuto aragonés. Como lo es el valenciano/catalán en
Valencia y el catalán tout court en Baleares.
A todo lo dicho tiene que darle solución el Consejo de Estado, a quien el presidente
del Gobierno transmitió el encargo de ir pensando en los cuatro cambios
constitucionales precisos tras 25 años de navegación democrática y autonómica:
1.- La contradicción entre lo previsto para la sucesión a la Corona y la igualdad
constitucional entre los dos sexos;
2.- La mención de las autonomías creadas al amparo de la Carta Magna pero
inexistentes en ella -y ahí se plantea irremediablemente el tema de cuáles son
nacionalidades, cuales naciones, y cuales regiones-;
3.- La creación a partir de las comunidades autónomas de un Senado que sea
realmente la Cámara de las autonomías, ahora que las mismas existen, como se
pretendía en 1978; y
4.- La introducción de Europa en la Constitución, tras haberse España introducido en
Europa hará pronto 20 años.
El presidente del Consejo de Estado propuso (antes de serlo) que el artículo dos de la
Constitución, sujeto a referéndum, se modificara para añadir a la mención de la
"indisoluble unidad de los pueblos de España" la siguiente especificación: "De la que
forman parte las Comunidades nacionales de Catalunya, Euskadi y Galicia, y la foral
de Navarra". Sin embargo, en el encargo transmitido por el Gobierno al Consejo de
Estado esa cuestión no se ha planteado.
En esas estamos. Rubio Llorente ha explicado hará casi un año -todo eso viene de
lejos- que las Comunidades nacionales a las que se refiere no tienen por qué coincidir
con las Comunidades autónomas respectivas, que se trata de territorios culturales y
con derecho civil distinto al de Castilla y León. No sé si esa prudente consideración
facilita o complica las cosas. Parece prudente en el sentido de reintegrar a una
terminología común las Comunidades autónomas que utilizaron el término
"nacionalidad" en sus primeros Estatutos. Pero plantea otros problemas.
Al nacionalismo español y a los autonómicos (el catalán, el vasco y el gallego) todo
esto les parece una pérdida de tiempo. Mejor es ir conviviendo y "qui dies passa anys
empeny", como decimos en Catalunya ("pasando los días, se empujan los años"
podríamos traducir). Se hace camino al andar, como diría el poeta andaluz enterrado
en la Catalunya francesa.
Se hace camino. Se ha hecho. Pero va siendo hora de que hablen los poetas de hoy,
porque se abren caminos andando, "es fressen camins", como decimos en catalán,
115

�Articles de Pasqual Maragall a

pero luego hay que ponerles bordillo y pintarlos en el mapa. De otro modo se pierden.
Muchos caminos perdidos hay en nuestra historia.
Catalunya hace su Estatuto no para provocar ni para refocilarse en una derrota para
algunos previsible, sino para entrar con buen pie en el siglo XXI, el de la mejora del
autogobierno y la financiación de Catalunya en una España federal.
Que quede claro: para avanzar con todo el pueblo al lado. Dicen que sin que el pueblo
se entere. Ya lo veremos. Puede que a algunos les agradaría que no se enterase.
Pero se va a enterar, y tanto. Se está enterando.
Pasqual Maragall es presidente de la Generalitat de Cataluña.

116

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                <text>El autor aboga por profundizar las relaciones entre los pueblos de España por el camino del federalismo pluralista y la convivencia. Maragall apuesta abiertamente por superar la visión y la práctica política que han caracterizado las relaciones establecidas por los nacionalistas españoles y catalanes durante los últimos 100 años, que, a su juicio, se han limitado a conllevarse y a mantener una relación educada. Propugna superar el modelo desarrollado por González, Aznar y Pujol y explicita un marco de relaciones más ambicioso entre Cataluña y España. Para el presidente de la Generalitat, lo que quiere Cataluña es una España de corte federal, en la que puedan coincidir los federalistas y los soberanistas.</text>
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                    <text>Demócrata y europeísta
El País | 28.8.2006

Es bueno que se sepa que cuando nadie o casi nadie, excepto los
integrantes del Partit Socialista Unificat de Catalunya (PSUC, comunista),
era todavía lo que ahora es —socialista, popular o convergente—, Anton
Cañellas ya era democratacristiano y europeísta.
Él nos llevaba a la Embajada de Estados Unidos para protestar contra las
insensateces y desatinos más estridentes del régimen franquista. Sólo la trayectoria
del demócrata y antifraquista Josep Benet se le podía comparar en activismo.
Por ello, la elección de Anton Cañellas como Síndic de Greuges (defensor del pueblo
en Cataluña), muchos años más tarde, fue indiscutible.
La Generalitat de Cataluña le debe el reconocimiento que corresponde a los
ciudadanos que han honrado a su país.
A mediados de los años setenta, hubo un momento en que los demócratas
antifranquistas nos pudimos organizar en formaciones políticas legales. Anton
Cañellas militaba en la democracia cristiana conectada con Europa y trató de crear
en Cataluña el espacio político correspondiente. No lo logró.
No obstante, su persona siempre concitó el respeto de personas pertenecientes a
las ubicaciones políticas más diversas.
Anton Cañellas Balcells fue uno de los impulsores de la celebración del día de
Europa en el aro olímpico de la barcelonesa montaña de Montjuïc.
Allí figuran los nombres de los padres y precursores de la Unión Europea y allí el
nombre de Anton Cañellas Balcells merecería tener un lugar de honor.
Pasqual Maragall

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                    <text>08/12/2005 (6033955) - Artículo de opinión
EL PAÍS / Madrid / Base / Opinión, pág. 14

Parece mentira
PASQUAL MARAGALL
Hace 100 años desapareció el imperio español. Hace 70, España ensayó la forma
republicana y terminó en guerra y dictadura. Hace 30 años, la dictadura dio paso a la
democracia, y en cinco años se aprobaron leyes constitucionales básicas: la
Constitución, la Ley Electoral, la Ley del Tribunal Constitucional, el Estatuto Vasco y el
Estatuto de Catalunya. La arquitectura política fundamental no ha variado desde
entonces. Lo único que probablemente ha ocurrido es un cierto desgaste de los
materiales, en este caso, de los conceptos.
Hace tan sólo unos días, en Barcelona, se reunían representantes de 25 Estados
europeos y 10 mediterráneos no europeos. Bajo presidencia británica y ejerciendo
España de anfitriona. Parece mentira. Mentira cómo las cosas cambian y mentira lo
que tardan en cambiar.
No es probable que volvamos atrás. Pero para avanzar hay que asumir que se
expresen francamente las reservas y que de algún modo el pasado vuelva y se
proyecte en la pantalla de nuestra memoria de forma a veces amenazadora.
Repasemos, pues, nuestros recuerdos, sin ánimo vindicativo. Simplemente, para
combinar unos recuerdos con otros, para completar y equilibrar el asalto de la
memoria al presente.
La España que había enfrentado a castellanos y catalanes, y a la España profunda
con Madrid y Barcelona, generó en 1939 un exilio extraordinario, muy singular.
No se entiende la estabilidad cierta de los últimos 25 años sin la forzosa, pero
profunda y genuina, amistad entre catalanes y castellanos, vascos y gallegos,
andaluces y asturianos, forjada fuera de España, mayormente en el exilio americano.
Parece como si el castigo de la dictadura hubiera obligado a los díscolos pueblos de
España, expulsados del aula peninsular, a reconstruir un lenguaje educado y común
fuera de ella.
En México y en Argentina, el exilio unió a los Trías con los Jiménez de Asúa, a los
Gordón Ordás con los Pi Sunyer, a José Bergamín y Arturo Soria con Joan Oliver y los
Ayguadé. La tragedia propició que Bosch Gimpera fuera rector en la Universidad de
México después de haberlo sido en Barcelona, y llevó a Carmen Zulueta, hija de Luis
de Zulueta, nacido en Barcelona y embajador de la República ante el Vaticano, a ser
profesora en la City University of New York, y todavía hoy, a sus 90 años, es activa
escritora de una correspondencia incisiva, brillante; en un castellano propio y certero,
casi inexistente ya.
Parece mentira que aun después de haberse unido en el exilio y la derrota -en una
derrota dignísima- esos vivos y aquellos muertos, catalanes y castellanos y vascos,
conservadores y progresistas, progresistas como Carmelo Soria, asesinado por
Pinochet, y liberales como su hermano Arturo, fundador de la Federación Universitaria
de Estudiantes (FUE) y colaborador de Jaumet Miravitlles en la Comisaría de
Propaganda del Gobierno de la Generalitat del 36 al 39...; parece mentira, digo, que
todos ellos, unos y otros, republicanos y nacionales, no hayan hecho suficiente
sacrificio ni pasado pena bastante para haber redimido a España de sus pecados.

�Parece mentira que Machado repose en Colliure, en la Catalunya francesa, junto a
miles de catalanes, y nadie haya entendido que ese destino trágico nos une, a
castellanos y catalanes, más que mil proclamas. Parece mentira que no se entienda
que la muerte de Walter Benjamín en Port Bou, perseguido por la Gestapo por ser
judío, es un drama europeo que, sucediendo aquí, nos implica y hace partícipes de la
suerte de Europa.
Parece mentira que la muerte violenta de Lorca y su amistad con Dalí en Cadaqués no
hayan unido para siempre Andalucía y Catalunya.
Parece mentira que se olvide que Lluís Companys, presidente legítimo de la
Generalitat de Catalunya, fue asesinado por orden de Franco tras un juicio
sumarísimo, en Montjuïc, y que tan sólo hace un año que un Gobierno español
democrático se dignó honrar su memoria, en la persona de la vicepresidenta María
Teresa Fernández de la Vega.
Parece mentira que la izquierda española y catalana sean todavía sospechosas de
volver a las andadas. Y más mentira parecería aún que una parte de la izquierda
española participara de ese temor.
Pero sobre todo parece mentira que los incontables motivos de amistad profunda que
esa digna y dramática historia ha tejido en España entre catalanes y castellanos, entre
demócratas, entre ciudadanos de un país cuyo Rey ha hecho de la reconciliación un
lema y un arte, que todo eso, digo, no baste para que la España de la desconfianza
haya bajado banderas y aceptado que es una nación de naciones, como defendió
mejor que nadie Anselmo Carretero, también exiliado en México y asiduo a los
Congresos del PSOE, donde defendía sus ideas a las tantas de la madrugada.
Es cierto que hay un cruce de trayectorias entre la España reducida en 1898 a mera
península y la Catalunya que en ese mismo momento, el del Modernismo, se lanzaba
hacia delante en todos los campos: en el arte, en la industria, en la educación...;
también en la política. Pero en ese momento, la Institución Libre de Enseñanza y la
innovación educativa de Giner de los Ríos es seguida de cerca por Josep Pijoan, al
tiempo que Juan Ramón Jiménez y Zenobia Camprubí casan el Sur con Catalunya.
Parece mentira que tantos años después estemos todavía bregando con las mismas
incomprensiones que entonces se empezaron a franquear.
Parece mentira que tantos años después de la Iglesia española del cardenal Tarancón
se oigan de nuevo las mismas reservas de entonces.
Algo huele a enmohecido en ciertos rincones del centralismo español más cerril. Sin
duda, los catalanes podemos haber contribuido a aventar esos efluvios desde un
catalanismo todavía inseguro de su propia unidad y de su capacidad para mantener
una apuesta federal de mano tendida a los pueblos de España.
Pero si el 89% de los diputados catalanes dice que Catalunya es una nación en el
seno del Estado español, tras 25 años de navegación democrática y autónoma; si
comparten en distintos grados la consideración de España como un Estado de
carácter federal y una nación de naciones, en sintonía con el federalismo castellano; si
lo hacen tras haber dado a la firmeza ante el terror y al afecto por el pueblo vasco
pruebas de una calidad incomparable, como la de Ernest Lluch, ¿qué otras garantías
de rigor y hermandad hay que dar para que en el resto de España se entienda que no
queremos romper sino unir, que nosotros no queremos irnos sino quedarnos, salvo

�algunos que al socaire de tanta incomprensión y tanto rebrote de españolismo
excluyente no descartan que se les eche?
Cuando en el Senado dije que la misma emoción que sienten muchos españoles al oír
el nombre de España, la sentimos muchos catalanes al oír el de Catalunya, sin excluir
un sentimiento de profunda emoción y pertenencia para con el nombre de España, el
presidente de Cantabria contestó con gracia incomparable que a él "le ponían" igual
Cantabria que España.
A nosotros, no. A nosotros esos dos conceptos, Catalunya y España, nos emocionan
de manera distinta, pero no incompatible. Es más, a la mayoría de los catalanes de
hoy nos une, con acentos distintos, la convicción común de pertenecer a una nación
de naciones.
Y ese sentimiento, como el de Revilla, tiene cobijo en una Constitución que habla de
(tres) nacionalidades (históricas) que en el pasado plebiscitaron sus Estatutos y abre
la puerta a que otros territorios, en sus Estatutos, inexistentes aún en 1979, pudieran
denominarse nacionalidades. Como así hicieron Aragón, la Comunidad Valenciana, las
Baleares y las Canarias. Y ahora hará, probablemente, Andalucía.
Se creó así esa curiosa dualidad de tres nacionalidades constitucionales (de la
Constitución que Aznar no votó precisamente por eso, por ellas) y de cuatro (o más)
nacionalidades estatutarias.
Por cierto que el Estatuto gallego de 1936, según me contaron recientemente, lo
escribió el abuelo de Mariano Rajoy. Espero que el nieto siga el camino del abuelo y
participe activamente en la reforma del Estatuto gallego actual.
Reforma promovida por un presidente gallego que no oculta su simpatía por la
España-nación-de-naciones. Y espero que Piqué no se oponga frontalmente al
Estatuto votado por el 89% del Parlamento de Catalunya.
Ni Catalunya ni España pueden hacerse solamente con la mitad más uno. Ni el
Estatuto vasco ni el catalán, ni el andaluz tampoco, ni en origen ni en Madrid.
Mientras el PP siga prisionero de la tentación de volver al pasado de algunos de sus
líderes más conservadores, en realidad innovadores arriesgados de un nuevo
fundamentalismo (de raíces americanas, por cierto), este país no acabará de asumir
su pasado con tranquilidad y de encarar abiertamente el futuro.
Hoy, en España, gracias a unos y a otros, el Estado ha soltado lastre y la economía
crece tres veces más que en Europa. En la UE somos un valor seguro en medio de las
tribulaciones de unos y otros en torno a la nueva Constitución de la Unión. Planteamos
iniciativas razonables en el Atlántico y en el Mediterráneo: la Alianza de las
Civilizaciones y el espacio euromediterráneo.
El 27 y el 28 de noviembre, como decía al principio, ese espacio euromediterráneo
formado por 25 países más 10, se ha reunido en Barcelona. Hace 10 años lo hicieron
sin efectos. Pero ahora todo parece más maduro en Turquía, Israel y Palestina; no
tanto aún en el Magreb. Pero al menos, en el Magreb, España no juega a dividir, como
antes, sino a unir.
Estamos lejos aún de regular y asumir razonablemente la presión inmigratoria de
África (como de Asia y América). Pero es más fácil aproximarse a la solución de ese
problema hablando con los países africanos que volviéndoles la espalda.

�Nunca antes, desde 1898, desde el punto más bajo en la caída del imperio español,
había España llevado la cabeza tan erguida y la cara tan limpia.
Ahora, si en Madrid no pierden los papeles y si catalanes y vascos actuamos como lo
estamos haciendo, no sólo en la izquierda, sino también en el campo nacionalista de
Mas e Imaz, este país, después de los indudablemente 25 mejores años de su vida
moderna, va a poner las bases de otros 25, mejores todavía, con garantías, mirando al
futuro y a los hijos y nietos, y no sólo al pasado, a los padres y abuelos.
Pasqual Maragall es presidente de la Generalitat de Cataluña.

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                    <text>TRIBUNA: PASQUAL MARAGALL

A mitad de mandato en Catalunya
El autor repasa los resultados de sus dos primeros años al frente de la
Generalitat y explica que su Gobierno está más volcado en solucionar los
problemas sociales y económicos en Cataluña que en la reforma del Estatuto,
de la que se ocupan los Parlamentos.
PASQUAL MARAGALL, EL PAIS 15/11/2005

Hace seis años justos, en noviembre de 1999, comenzó un mandato en que el
presidente de la Generalitat no podía perderse una sola votación, porque si
faltaba ese voto perdía la mayoría -empatábamos a 67 votos-. Para colmo, a los
pocos meses el PP sacaba mayoría absoluta en España y el pacto CiU/PP
quedaba absolutamente en manos de los populares. Fue entonces cuando Pujol
decidió prácticamente retirarse de hecho y dejar el Gobierno en manos de un
primer ministro no previsto en la legislación. Más candidato que ministro, ese
Primer Consejero fue apoyado por Rajoy y Rato para sacar a flote una economía
que sin embargo quedó endeudada como nunca antes. Hemos tardado dos años
en sanearla.
Ahora, la mayoría de centro izquierda tiene una ventaja suficiente (74 escaños a
61). Las finanzas están saneadas. Hemos aprobado un presupuesto de cerca de
30.000 millones de euros (equivalentes a cinco billones de las antiguas pesetas).
Estamos invirtiendo como nunca antes en barrios, escuelas y centros de salud, y
en policía autonómica y sistema penitenciario. Somos una comunidad que
empieza a parecerse a un país de verdad, responsable del 80 % del gasto público
no financiero (sin seguridad social) y encantado de pertenecer a un Estado
español moderno, que pesa en el mundo como nunca antes, desde 1898 para
acá.
Encima hemos cambiado en dos años nuestra ley fundamental, el Estatut de
Catalunya. No era fácil: 25 años después no era sencillo atreverse a modificar
por vez primera una de las cinco piezas iniciales del Estado español de las
autonomías: Constitución, Ley Electoral, Ley del Tribunal Constitucional,
Estatuto Vasco y Estatut de Catalunya.
A mitad de mandato, una constatación: nunca se hizo tanto en tan poco tiempo.
En el Gobierno y en el Parlament.
Confío en que antes del verano de año que viene se apruebe el nuevo Estatut en
Cortes para ser refrendado por el pueblo de Catalunya. Y espero que la opinión
pública vaya entendiendo que la Constitución necesita los cambios propuestos
por el Gobierno español a la consideración del Consejo de Estado: igualdad de
sexos en la sucesión a la Corona, denominación de las autonomías creadas
desde 1979 y ausentes aún de la Carta Magna, Senado de las autonomías y no de
las provincias, y reconocimiento de lo que hicimos ya desde 1986: formamos
parte de la Unión Europea. Ya va siendo hora de decirlo en los textos legales
correspondientes.
Esa aceleración de la historia entiendo que pueda producir un cierto vértigo. A
mí lo que me produce pánico es el escenario contrario, el de la progresiva

�pérdida de la fibra política en este país, en Catalunya y en España, si no
atendemos a las exigencias del día, si llegamos tarde a la cita con la historia,
como está pasando en Europa.
El reciente debate en el Senado con los 17 presidentes autonómicos ha sido un
buen punto de partida para relanzar los segundos 25 años de la España de las
autonomías.
Después de oír a los presidentes autonómicos, el presidente del Gobierno
español dejó claro que las tres nacionalidades históricas a las que se refería la
Constitución en la disposición final segunda tienen una geografía política
distinta de las demás y no se adaptan al esquema general de aprobación o
modificación de los Estatutos por acuerdo entre los dos grandes partidos
españoles.
Creo que no es sólo un problema o un tema de distintas configuraciones
partidarias. Tales configuraciones son distintas por la existencia de un acusado
sentido de identidad nacional en esas comunidades. Porque son naciones en el
seno de la nación plural que es España. Y ese dato es previo al hecho de la
configuración partidaria. Es su causa.
Es pronto todavía para saber en qué va a quedar el texto del Estatuto de
Catalunya y, en su día, el de la Constitución. Para cambiar el primero no se
precisa hoy por hoy de la aquiescencia del partido de la oposición. Para cambiar
la Constitución sí.
Sería conveniente en todo caso una buena inteligencia o acercamiento de
posiciones con la oposición. Porque el Estatuto no está hecho para ir cambiando
según las mayorías contingentes del Parlamento español. Y no cambiará con
ellas. Sin embargo, es evidente que nadie debería sentirse incómodo con un
Estatuto que tiene que durar años.
El dualismo nacionalidades/regiones debe tener un reflejo explícito y
circunstanciado, en el plano estatutario y a poder ser en el constitucional, como
proponía en su día el actual presidente del Consejo de Estado sugiriendo que la
Constitución en su artículo segundo reconociera que dentro de la unidad de
España caben, existen, las comunidades nacionales de Catalunya, Euskadi y
Galicia, así como la foral de Navarra.
El problema es de matiz, porque hay que resolver qué distingue a las
nacionalidades creadas por la Constitución de las creadas por los Estatutos. Qué
diferencia hay entre los territorios de la disposición final segunda de la
Constitución, nacionalidades en sentido histórico fuerte, y las otras autonomías
que se han autodenominado nacionalidades en sus Estatutos, con la aprobación
general, como es el caso de Aragón, Comunidad Valenciana, Baleares y
Canarias, y en el futuro probablemente Andalucía.
No es bueno que esas precisiones, necesarias para la estabilidad de nuestro
sistema político y la tranquilidad de unos y otros, de todos, queden escondidas
en un par de disposiciones finales de la Constitución.

�Todo esto son matices, pero ¡qué matices!
Nosotros, en Catalunya, y por una mayoría muy convincente, del 89% de los
diputados del Parlament, hemos optado por denominar nación a Catalunya, en
línea con el pensamiento de los federalistas castellanos y su "España, nación de
naciones".
También puede pensarse, y algunos lo creen, que puesto que todo ha ido bien,
como nunca antes en nuestra atribulada historia contemporánea, mejor "no
meneallo": dejar las cosa como están.
Ya he dicho que dejar las cosas como están me parecería prueba de falta de
coraje político. Y añado, falta de la elemental prudencia que se nos exige en un
mundo en que todo está cambiando. En ese entorno, quedarse en unos
principios generales de igualdad faltos de proximidad y calor, puede acabar
generando un sorprendente vacío político. Tenemos ejemplos cercanos y
dramáticos, que pueden repetirse aquí.
La devolution francesa es incompleta: frente a los 150.000 empleados públicos
de la Generalitat de Catalunya... Aquitania y Midi Pyrenées tienen 4.000 cada
una. Y la banlieue parisina es un océano de difícil gobernación. Ya sé que no es
popular hablar de grandes números de funcionarios. Pero el problema no es
tanto el número como su proximidad o no al usuario de los servicios públicos y
lo que los británicos llaman su contabilización y control por los resultados y por
el público (accountability).
Hay que moverse con los tiempos. El Estado lejano tiene cosas que hacer, pero
hay cosas que debe dejar de hacer, porque o ya las hace Europa -que tiene
moneda y políticas de cohesión y de i+d, y pronto tendrá defensa -o las hace la
región, o la ciudad.
Llegados a este punto quiero dejar algo muy claro. No estoy dispuesto a admitir
que las cuestiones relativas al Estatut y a las identidades, cuestiones
trascendentes, sin duda, puedan ocupar por completo el mandato de mi
Gobierno.
Mi Gobierno está centrando sus presupuestos en la educación y la salud, en los
barrios (esos barrios que estallan en Francia y pueden estallar aquí), en la
seguridad, la justicia y las prisiones (estamos haciendo cinco y haremos tres más
en adelante), en las infraestructuras y la tecnología, en la investigación y el
desarrollo de nuevos productos.
Hace unos días visité dos empresas internacionales en la comarca del Vallès:
Roche (químico farmacéutica) y Hewlett Packard (sistemas informáticos). Están
en la punta de la tecnología. Se han convertido en cabeceras de un sistema
internacional de producción. No se han dormido. Ejemplos contrarios los hay,
como el de la desaparecida planta de componentes electrónicos de ATT en Tres
Cantos. El tiempo no corre, vuela. El que no va adaptando su tecnología y su
gama de productos y servicios a los que realmente sabe hacer y puede hacer,
está perdido.

�Hay muestras de que sabemos adaptarnos. Espero que tanto en la economía
como en la política.
El día 22 se inaugura oficialmente en la Universidad Politécnica de Catalunya
un ordenador que lleva por nombre Mare Nostrum y es el más potente de
Europa (y el cuarto más potente del mundo).
Tenemos a la vuelta de la esquina, en Toulouse, la fábrica del Airbus, la más
importante del mundo en aeronáutica. En eso los franceses, con ingleses,
alemanes y españoles colaborando con sus plantas complementarias, están en la
vanguardia mundial.
Por cierto: cuando pregunté el porqué de la ubicación de esa planta, después de
la guerra mundial, en Toulouse, la respuesta fue tajante: era el punto más
alejado de la frontera alemana. Y hoy es el orgullo tecnológico de la Europa
unida. Y punto cardinal de una Eurorregión emergente, la del Pirineo
Mediterráneo, que con Marcelino Iglesias, el presidente Matas y las regiones
francesas queremos conectar en todos los sentidos de lado a lado de la cordillera
y del mar para convertirla en una de las más avanzadas del continente.
Queremos dotarla también de una conexión eléctrica que dé salida a los
excedentes franceses y respuesta a nuestras demandas. Y tener buena sintonía
con la Comunidad Valenciana, a la que tantas cosas nos unen -en mi caso el 50%
de la sangre que corre por mis venas-.
La parte española de esa Eurorregión ampliada (Catalunya, Valencia y Baleares,
no Aragón) es la única porción del Estado que contribuye a la hacienda común
en términos netos, además de la Comunidad de Madrid, que ya tiene sus
compensaciones como explicaba con gracia incomparable en el Senado el
presidente de Cantabria.
Nuestras infraestructuras son insuficientes en muchos aspectos. En Catalunya
pasan todas por un Área Metropolitana de Barcelona cada vez más
congestionada. El eje transversal Lérida-Tarragona-Gerona está colapsado, ni
siquiera es una autovía.
El aeropuerto de Barcelona, lo dicho: no sirve para ir non stop a América. La
alta velocidad, hasta hace dos días, no estaba prevista más que de Madrid a
ciertas capitales de provincia: Valencia/Barcelona, o Barcelona/ Bilbao, o
Bilbao/Santander/Asturias no existían en la mente del Gobierno de Aznar.
Hay que cambiar todo esto. Y está cambiando. Pero hacen falta un mínimo de
dos mandatos completos para dar un vuelco real a la situación. En eso está mi
Gobierno. En el Estatut por supuesto, pero en eso más aún, y en los barrios. Del
Estatut ya se cuidan los Parlamentos. Es un tema que supera al Gobierno: no es
tripartito, es cuatripartito. Con vocación de convencer al quinto.
Solo llevamos medio mandato de Gobierno. Hacen falta dos mandatos.
Pasqual Maragall es presidente de la Generalitat de Cataluña.

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